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La fotografía como instrumento de fascinación dependiente, auxiliar, criada por artes de siglos de edad, víctima de una eterna lucha entre lo mágico y lo racional, recién se encuentra en su etapa histórica cúspide, manejando la cultura digital, intangible, irreal. Nos resulta tan familiar que naturalmente nos es difícil darnos cuenta de ello, responsable de la revolución de aquello que se percibe con lo que es, el conocimiento, donde los modelos sociales se instauran como fantasías mitológicas.

 

En la actualidad al modificar las imágenes del mundo, la imagen de nosotros mismos y sobre todo, la relación entre el ser  con la imagen en sí cambió por completo, de manera irreversible, nuestra relación con la experiencia visible, con la belleza y con la verdad. Es por eso que esté trabajo es un autorretrato intimo que explora, añora, compartir sentimientos más que experiencias o descripciones.

 

Me considero un viajero que vive errante entre historias ajenas que convierte propias, dominado por la mística de la muerte como medida de todas las cosas. Fue Dios (considerando que realmente exista) quién  puso al hombre en el centro del universo, no en un estado físico, sino en el manejo individual del horizonte de percepciones de cada ser humano y es en estas fotografías, donde comparto dichas percepciones.

 

Planeo  compartir el proceso de catarsis existente gracias a la herramienta fotográfica, divagar en la identidad frente al consumo, en el supuesto frente a la razón.